El paciente libre y el paciente que vuelve

Muchas personas, cuando piensan en el psicólogo, en su lugar de trabajo y en sus consultas, les viene la imagen del hombre mayor, enfrascado en saco y corbata que, desde detrás del diván en donde el paciente descansa y habla con soltura, toma notas y escribe frases oscuras. El psicoanálisis está tan enraizado en nuestras psiques que no vemos otra manera de ejercer el oficio de psicólogos que no implique ese marco de referencia. Los mismos psicólogos, cuando salen de las facultades, buscan materializar ese mito del paciente que, sesión tras sesión, se desahoga sacando de su interior todo lo que reprime en su diario vivir.

Uno de los problemas fundamentales de este enfoque y de su práctica es que, el paciente de hoy, va a una o dos sesiones y no vuelve.

En teoría, el paciente que se psicoanaliza nunca termina de hacerlo porque el yo es un barril sin fondo. Sin embargo, muchos profesionales de la salud mental no quieren tener pacientes libres, sino esclavos que vuelven a ellos semanal o mensualmente, que le pagan por ello y que no pueden escapar de sus problemas ni de la necesidad de que otro —en este caso, el terapeuta— les ayude a llevar sus cargas.

En mi experiencia, el paciente bueno es el que nunca renuncia a su libertad y tiene el valor de tomar del terapeuta lo que necesita para seguir volando, es decir, viviendo. Un paciente que vuelve indefinidamente y nunca encuentra fuerzas para hacer eso que se llama vivir, aunque produzca dinero, es un fracaso profesional del terapeuta.

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