Padres estudiados e hipócritas

Los estudios científicos insisten en postergar el acceso de los niños a los teléfonos móviles y a las tabletas, de modo que los mismos no interfieran en su desarrollo psicosocial. Sin embargo, no es nada fácil luchar contra la frustración de los hijos cuando ven que, a su alrededor, son los únicos o los pocos que, por insistencia de los padres, aún no tienen acceso a dichos dispositivos ni al placer que los mismo les proporcionan a sus congéneres.

Los niños nos ven, si escuchamos y aplicamos las sugerencias de los expertos, como adultos malvados. Queremos, anhelamos lo mejor para nuestros hijos y, por eso, nos informamos y buscamos la manera de aplicar toda esa sabiduría a la educación que les damos. Hasta ahí todo está bien, pero en lo relativo a los equipos como los mencionados (móviles y tabletas) no somos justos, porque para colmo, también nosotros tenemos móviles y nos complacemos en las redes sociales que seguimos por su medio, incluso delante de ellos, hasta olvidarnos del tiempo que en ellas consumimos. Incluso compartimos fotos de nuestros hijos en ellas, obligándolos a que nos den sus mejores sonrisas. Luchamos con los niños, no los entendemos, nos justificamos diciéndonos que todo lo hacemos por su bien, queremos hacerles ver la importancia de alfabetizarse, de compartir con los demás, de aprender a conversar y a resolver conflictos antes de dominar alguna aplicación de moda. Pero es una lucha inútil porque, como sucede siempre, si no damos testimonio de lo que pedimos, no conseguiremos nada bueno de todo ello.

La hipocresía no vende bien y los niños no la compran. La autenticidad, en cambio, sí lo logra, pero para ello los primeros en hacer el sacrificio somos nosotros, los padres. Soy yo. El problema de los padres educados de este siglo sigue siendo el mismo que en siglos pasados, ser ejemplo de lo que predican, ser sinceros y pedir sólo aquello que están dispuestos a dar. Se aplica esta verdad a teléfonos móviles, a juguetes de cartón, a libros y a redes sociales.

Un alma dentro de la otra

Portrait of mother and little daughter near the lake

Iban caminando de la mano y en contra de la brisa -adrede- para que la embestida les acariciara las almas. No tenían hambre, no tenían sed, no necesitaban de nadie más. Estaban completos como un círculo porque eran sueño. Los dos lo eran, el hijo y la madre. Y no era una escena tierna, ni cursi, sino un momento de esos que dejan una huella tan profunda que, aún después de despertar, se recuerdan vívidamente, muchos más que el sol que cuelga del tiempo en esta materia de uñas y pieles que tocamos.

El niño se detuvo y se puso enfrente de ella.

– Mami –dijo él y, luego, hizo una pausa.

– Dime, mi amor –ella lo tomó por la barbilla y le levantó el rostro.

– Voy a entrar un momento en ti, no te asustes –el niño le tocó el abdomen, luego de separarse un poco de ella para mostrarle sus ojos -.

– Para ti mi corazón no tiene puertas, Eduardo. Preguntar es consumir en vano el rato que pasamos juntos.

El niño sonrió y, sin más, atravesó la piel inmaterial de la madre para alojarse en ella. Un alma dentro de la otra, quedaron y, un calor, una fuerza, una energía sacudió la madre como un temblor que acarrea maremotos. En su sueño, la madre se recostó buscando apoyo y empezó a sentir, sin pensar, sin juzgar, cómo su ser se llenaba de partículas de luz cada vez que el niño soplaba dentro de su ser, cada vez que un pensamiento suyo florecía como una gota que cae y se extiende en ondas. Cuando el niño notó que la madre iba a perder la consciencia, salió con cuidado de su alma y se recostó a su lado, sin dejar de abrazarla.

– Felicidades, mami –dijo él.

Sí, la madre se sentía feliz, todo lo que se podía estar. Eduardo, con su modo habitual de comunicarse, le recordó cómo, en su vida de días que pasan, un año más había transcurrido desde el parto por el cual había venido al mundo de la piedra. Uno más. Lo supo como un rayo que se acerca rápido y fugaz. Y el mensaje era simple, el niño había estado allí en su cuerpo, unos años atrás, compartiendo con ella su alma; sus latidos, tan cercanos que sonaban como uno solo, allí habían aprendido las reglas del orden y la armonía. Siete años serían, y no fueron. Pero poco importaba, porque el niño estaba en un lugar en donde el tiempo y el espacio eran la misma realidad. La madre lo intuyó al despertar y eso le bastaba para ser feliz. Por eso, a partir de aquel aniversario, la madre sonrió y nunca dejó de hacerlo. Jamás.

P.D.: ¡Feliz cumpleaños, Eduardito!