Las filas y la libertad

Esta mañana bajaba a la ciudad y vi filas en varios bancos y supermercados. Todavía hoy, varios meses después de declarada la pandemia que en este año los medios masivos han decidido promover -se dice poco de la pandemia del hambre por la que mueren millones de niños cada año, por ejemplo-, la gente sigue haciendo cadenas humanas, una detrás de la otra como eslabones de una cadena triste y nefasta. Las filas nos dicen muchas cosas de los humanos, como que hay objetos masivamente codiciados o necesitados, como el alimento del cuerpo o el dinero que permite comprarlo. Las filas son uno de los inventos malditos de los dioses pequeños, de esos a los que les parece que, al menos que se sufra de alguna condición de edad o de salud, el primero en llegar será el primero en salir.

Las filas, sin embargo, son algo odioso y nos dicen que no tenemos control sobre lo que nos hace falta, que eso de lo cual devienen la salud, la felicidad, la satisfacción, la saciedad, el bienestar está centralizado y lo manejan unos pocos. Las filas nos dicen que la libertad, en este mundo al que hemos llegado y al que seguimos sosteniendo con creencias obsoletas, es una ilusión. Mi conclusión es simple, si hay que hacer filas, mi tiempo es excrecencia y mi libertad, otra mentira más de la Matrix.

Padres estudiados e hipócritas

Los estudios científicos insisten en postergar el acceso de los niños a los teléfonos móviles y a las tabletas, de modo que los mismos no interfieran en su desarrollo psicosocial. Sin embargo, no es nada fácil luchar contra la frustración de los hijos cuando ven que, a su alrededor, son los únicos o los pocos que, por insistencia de los padres, aún no tienen acceso a dichos dispositivos ni al placer que los mismo les proporcionan a sus congéneres.

Los niños nos ven, si escuchamos y aplicamos las sugerencias de los expertos, como adultos malvados. Queremos, anhelamos lo mejor para nuestros hijos y, por eso, nos informamos y buscamos la manera de aplicar toda esa sabiduría a la educación que les damos. Hasta ahí todo está bien, pero en lo relativo a los equipos como los mencionados (móviles y tabletas) no somos justos, porque para colmo, también nosotros tenemos móviles y nos complacemos en las redes sociales que seguimos por su medio, incluso delante de ellos, hasta olvidarnos del tiempo que en ellas consumimos. Incluso compartimos fotos de nuestros hijos en ellas, obligándolos a que nos den sus mejores sonrisas. Luchamos con los niños, no los entendemos, nos justificamos diciéndonos que todo lo hacemos por su bien, queremos hacerles ver la importancia de alfabetizarse, de compartir con los demás, de aprender a conversar y a resolver conflictos antes de dominar alguna aplicación de moda. Pero es una lucha inútil porque, como sucede siempre, si no damos testimonio de lo que pedimos, no conseguiremos nada bueno de todo ello.

La hipocresía no vende bien y los niños no la compran. La autenticidad, en cambio, sí lo logra, pero para ello los primeros en hacer el sacrificio somos nosotros, los padres. Soy yo. El problema de los padres educados de este siglo sigue siendo el mismo que en siglos pasados, ser ejemplo de lo que predican, ser sinceros y pedir sólo aquello que están dispuestos a dar. Se aplica esta verdad a teléfonos móviles, a juguetes de cartón, a libros y a redes sociales.

La salud mental del nuevo presidente

Soy psicólogo y, como tal, deseo darle al presidente entrante un manojo de consejos que le permitirán conservar la cordura.

  1. Tener una puerta de escape. El nuevo presidente debe planificar desde ya, su muerte presidencial, su salida del palacio, y hacerlo de una manera firme y honesta. Debe hablar con su familia, sentarla, decirles por cuánto tiempo piensa ser presidente y comprometerse con ellos en que así será, independientemente de las circunstancias que le sobrevengan. Deberá decirles que estará mucho tiempo ausente, pero que será una situación con fecha de vencimiento -¡ojalá que no sean más de cuatro años!- y que no intentará aferrarse al poder. Esto último debiera jurarlo y hasta firmarlo. En un libro de John Steinbeck, “República busca rey”, un personaje le comenta al otro de los peligros concernientes a las posiciones de poder. Le comenta que el poder ciega, que es venenoso y maligno, pero otro de los personajes le corrige y le dice que el problema no es el poder en sí, sino el temor a perderlo. De modo que el nuevo presidente debe ser un guardián celoso de lo que va sintiendo, para que no se deje embargar por el miedo a desprenderse de la silla presidencial. Mostrarse como una persona desprendida le otorgará dignidad, no será una caída de una posición de superioridad a una en la que no se le respetará ni se le valorará. El temor a perder el poder conduce a una locura muy especial, una en la que la suspicacia se apodera de nuestra razón, en la que vemos traidores en cada despacho y en la que empezamos a cometer crímenes para, luego, justificarlos con mentiras.
  2. No olvidar cuál es su esencia. Esto equivale a jamás confundir el auténtico ser -el verdadero Luis- con el título presidencial, el cual es pasajero y el tiempo, quiérase o no, se llevará. Lo que hubo antes del día de hoy, es su verdadero ser y lo que habrá después también. Como en el caso anterior, es una “locura” -a los psicólogos no nos gusta usar esa palabra, pero a veces no tenemos más remedio para que se nos entienda-, confundir el yo verdadero con el título de momento. Esto, que parece una estupidez, no lo es cuando vemos que, luego de muchas horas en las que escuchamos a todo el mundo bajar la cabeza y casi besar la mano al tiempo en que dice “Señor Presidente”, nos vamos sintiendo a gusto con las demostraciones de respeto. Saberse Luis, padre, esposo, amigo, le protegerá de creerse superior, mejor y más que los demás.
  3. Dormir. Jamás podrá gobernar, y hacerlo bien, si no descansa. Pero para descansar deberá llevar a la cama la satisfacción de haber hecho lo correcto y haber llevado las cosas a un mejor destino, aún cuando no se haya podido alcanzar un nivel esperado de perfección. Esto quiere decir que para no reventar como un globo deberá ser, antes de nada, honesto, de otro modo, aunque viva usted cincuenta años más, con el auxilio de un sinfín de médicos y aparatos especiales y costosos, será una persona miserable en su fuero interno. Por eso me dan lástima los que salen forrados en millones del gobierno después de desfalcar sus arcas, pues nunca dejarán de arrastrar la pesadilla de lo mal hecho.
  4. Silencio y soledad. Se verá rodeado de todo, de gente de bien y de lobos vestidos de ovejas. Pero, claro, ante usted casi todos se presentarán como ovejas ya que así es como la mayor parte de los humanos nos acercamos a los que sustentan el poder. Así, sin dignidad. Ante cualquier inquietud o problema deberá consultar a sus asesores, pero las decisiones importantes las toma el corazón en silencio. No es el ruido, no. No son las campanadas de las diez o miles de voces que lo sacudirán. Búsquese su espacio en el que le respeten su silencio y su soledad, para que allí aflore la verdad del corazón, que otra no hay.
  5. Comunicación. Usted deberá ser el gran maestro de la comunicación. No es sólo que deberá hablar en los momentos oportunos, es que deberá hacerlo bien, es decir, sin dejar demasiados espacios para las doble interpretaciones. Y esto es especialmente cierto cuando, desde la oposición comiencen a hacerle críticas que, desde luego, vendrán y serán inevitables, pues en una democracia todo el mundo tiene su espacio, hasta el que solo busca hacer daño y difamar. Para comunicarse bien deberá separar los ataques que le hacen a su persona de los que le hacen a sus acciones -o decisiones-, que no es lo mismo. Por lo regular, los idiotas son los que atacan directamente a la persona y a estos no hay que hacerles mucho caso, porque lo hacen para lastimar el yo y motivar las reacciones violentas. No les escuche. Pero hablando de comunicación, aquí le digo algo que para mí es importante: gobernará para todos, pero a quien se deberá dirigir -no exclusivamente, por supuesto-, a quien deberá dar explicaciones convincentes es a la clase media -educada y consciente- que lo llevó a donde está usted ahora. Esa gente que veíamos hablar con tanta propiedad, con ideas tan sólidas y con argumentos tan certeros; esos jóvenes que se veían levantaron pancartas en la Plaza de la Bandera y en todos los parques y monumentos de los distintos municipios; esos que hicieron uso de sus redes sociales para criticar el descaro, la soberbia, la corrupción y la impunidad. Esos serán sus oyentes más fieles y esos serán los que lo destituirán si no llena sus expectativas.
  6. Objetivos realistas. Comprométase únicamente con cumplir objetivos que pueda materializar. No tienen que ser obras gigantescas y suntuosas. No todo tienen que ser megaproyectos. No se meta esa presión. En este país, con tener un gobierno de gente honesta -que no ROBE-, nos sentimos más que satisfechos. Claro, otras cositas importan, como usted mismo adelantó en su discurso. Ojalá pueda hacer todo eso. Pero lleve las cosas a buen ritmo, poniéndose metas alcanzables, planteando etapas, segmentando los grandes propósitos en pequeños y humildes éxitos cotidianos. Esto se lo digo para que no se vuelva “loco”. Para mí lo ideal es no plantearse objetivos que superen los cuatro años y, en esa ventana temporal, hacer cuanto se pueda sin pretender concluirlo todo.
  7. Delegar. Delegar libera. Delegar es bueno. Casi todos hablan muy bien del actual presidente del Salvador. Soy uno de ellos, pero este señor se está casi convirtiendo en un Cristo. Aparece en todo, lo inaugura todo, habla por todos, se quita la palabra hasta a sí mismo. Y está haciendo muy buen trabajo, pero por el solo hecho de acaparar tanta atención sobre su persona está haciéndose daño. Asuma como quehacer cotidiano lo que le toca hacer como gobernante y no cargue con las responsabilidades de los demás. Esto también lo salvará de la “locura” y de tener que pelearse con todo el mundo tratando de justificar sus acciones.
  8. Ya que estará rodeado de gente, que sea gente de bien. En otras palabras, si puede elegir con quiénes codearse, escoja gente que tengan sus mismos valores. No importa que fulano tenga tantos títulos académicos otorgados por una universidad extranjera, si no posee un código de ética similar al suyo, estará sembrando futuros dolores de cabeza. Los que están acostumbrados a hacer y cerrar negocios lo saben muy bien, el que hace tratos con gente que no tiene sus mismos valores termina pagándolo caro.
  9. Confiar. Suponemos que ha tenido tiempo suficiente para elegir a las personas que lo representarán en los distintos ministerios. Algunos harán bien su trabajo y, otros, no tanto. Pero eso es lo normal. A estas alturas lo habrá de saber de sobra. Esto no quiere decir que, en lo adelante, se obsesionará con darle seguimiento al trabajo ajeno, con pedir cuentas a todos, con hacerse de un cuerpo de fisgones profesionales para que le revelen los secretos de los demás. Deje esa paranoia para los dictadores, ya suficiente tiene usted con llegar a su despacho y ver un fajo de papeles que esperan su firma. Le vendrá mejor confiar en su gente y, si alguno se excede en sus funciones, destitúyalo de inmediato y coloque a otro en su lugar.
  10. Stress. El estrés es una palabra elástica y se presta para mucho, porque la hemos relajado, porque ha pasado de boca en boca y, en ese rodar, se desgastó. Yo se la voy a traducir a la dominicanidad: estrés es querer ponerse muchos zapatos cuando se tiene, tan solo, un par de pies. De ahí podrá deducir que, para evitarlo, basta con centrar su atención en un solo asunto a la vez hasta resolverlo o pasarlo a aquel que pueda prestarle la debida atención hasta conseguirlo. Haga una sola cosa a la vez y conclúyala. Con esa simple fórmula -evidentemente reduccionista-, conservará su salud mental.

Estimado Señor Presidente, le deseo lo mejor. Le deseo paz y salud mental.

El fuego del infierno

Ganadería Intensiva y Extensiva: Qué son y qué diferencias tienen

Recorrimos treinta kilómetros para poder llegar. Eso sí, para arribar a ese lugar desolado hubo que sobreponerse al azote del sol abrasador y a la sed. Las fincas se unían la una a la otra en un abrazo caliente porque no había sombras por parte, sólo una hierba amarilla adherida a una arena seca. Al filo de la cordillera vimos vacas que pastaban que, al notar nuestra presencia, huyeron del susto. Ese lugar, décadas atrás fue un rincón paradisíaco en el que abundaban el café, el cacao, los pájaros salvajes, las culebras, cierto canto de búho o de cuyaya. Allí, como mucho, había hormigas, además del ganado, porque los propietarios de las fincas cortaron todo árbol que excedía la altura de las rodillas para dejar sólo el pasto. Se lo llevaron todo entre el machete y los químicos venenosos que esterilizaron el suelo. Para que vivieran las vacas y existiera el filete de res, hubo que matar mucho. No ha sido el calentamiento global, no ha sido el verano, no. Los ganaderos han traído a estas tierras, antes prósperos paraísos de agua potable y agricultura a pequeña escala, el fuego del infierno.

Teatro de máscaras

Should you wear a face mask to prevent COVID-19? Doctors weigh in

En el barrio se enteraron de su desgracia. Todo comenzó con cansancio y fiebre. Cuando ya no pudo respirar, el hombre fue llevado a la sala de emergencias, en donde lo ingresaron luego de confirmar el diagnóstico de COVID-19. Dos semanas después volvió a su casa, demacrado, pálido, delgado, aunque sano, según el personal médico. Allí se entera de que a su esposa le impidieron entrar al colmado por ser la mujer del enfermo; a sus hijos los rechazaron los amigos por temor al contagio. Sus jefes, que están enterados de todo, no saben si integrarlo al trabajo al final de la cuarentena o buscar una excusa para despedirlo. Piensan en el ambiente laboral tenso que tendrán cuando los demás tengan que sentarse a su lado o cruzarse con él en los pasillos. Sus amigos se están preguntando si eso, el coronavirus, se sana de verdad, o si el paciente recuperado sigue viviendo con el virus en su sistema, convirtiéndolo en un propagador de la enfermedad, por lo que lo evitan y no le contestan las llamadas.

Ese señor, al que su comunidad margina porque tiene o tuvo COVID-19, y que podría ser cualquiera de nosotros, se ha convertido en el nuevo paria de la sociedad, desbancando de su pedestal a los enfermos de SIDA, tan despreciados por años hasta por sus familias. Lo que pasará a continuación es algo que también sucedió a los que fueron afectados por el VIH, el ocultamiento. Será consecuencia de lo que ya se va viendo, la gente comenzará a desaparecer por días y nadie sabrá dónde se ha metido, a nadie se dirá que pasó días con fiebre y congestión, porque sólo a un tonto se le ocurría lanzarse a los brazos de la nada, luego de haber padecido tanto mal. Sólo el conocimiento de la verdad y la compasión podrán liberarnos del aborrecible teatro de máscaras que se nos avecina.

 

El puertoplateño no existe

El hombre no existe. Es una abstracción que nos facilita la comunicación. Existen Juan, Pedro, María y sus hermanos. El puertoplateño tampoco existe, por igual. Los que existen son esos Juan, Pedro, María y sus hermanos. Todos esos que hoy copan los medios de comunicación criticando con palabras vulgares, con absoluta falta de respeto a ese grupo de individuos que se encaminó a la playa para colocar allí una cruz -poniendo en peligro sus vidas y las de los demás, sin duda alguna-, dejan en un vacío ignominioso a todos los juanes, pedros y marías, que son muchísimos más, millares más que, conservando la cordura, siguieron fieles a su cuarentena, apañándose con el poco pan comprado días atrás. Esos, que son la inmensa mayoría, también hoy temen por su salud y, para colmo de males, ahora son encerrados bajo la palabra “puertoplateños”, para ser encadenados, encerrados en unas fronteras de palabras soeces e insultos desproporcionados. Tal vez a esos que critican con lenguas de látigo les convenga cambiar de actitud y asumir una postura de humildad que les permita ver a esos individuos que, durante semanas, sólo han visto la arena de lejos.

El año del TOC

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En el 2017 a Vicente Villanueva se le ocurrió lanzar a las pantallas del mundo su película “TOC, TOC”. En ella, varios pacientes con Trastorno Obsesivo Compulsivo se reúnen en la sala de consultas de un terapeuta con la finalidad de tratar su enfermedad. Esta película, del género de la comedia, se une a otras estadounidenses que tratan el trastorno con cara de burla y hace que todos saquemos nuestra mejor carcajada del armario. Es buena, la verdad. Está bien escrita y mejor actuada. El problema, a mi modo de ver, no es de cariz artístico, sino ético; ni siquiera es el trastorno en sí, sino las personas, los seres humanos que lo padecen.

Este año, en el que esta nueva sepa de coronavirus ha provocado una estampida en el mundo, la gente que presumía de sana se ha contagiado, antes que del COVID-19, del TOC, y al hacerlo comienza a experimentar en carne viva el sufrimiento que este trastorno produce, los niveles de ansiedad que inyecta en la sangre.

Una funda que vino del supermercado, una puerta que no se sabe quién tocó, un asfalto en el que alguien pudo escupir, una brisa en el que un enfermo pudo dejar los rastros de una tos… si nos dejamos enfermar con pensamientos irracionales y repetitivos, daremos forma a una y mil obsesiones más, la ansiedad y la compulsión surgirán como respuesta a estas obsesiones y, sin darnos cuenta, estaremos muriendo del TOC, antes que del coronavirus.

Si cuidas tu mente, cuidas tu vida. Vigila tus pensamientos –pero sin obsesión-.

6 retos de adaptación que nos platea el nuevo coronavirus

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Estamos viviendo lo que nunca imaginamos, en el interior de una película de ciencia ficción. En esta cuarentena, los retos que se nos están planteando son numerosos. De sabernos adaptar a tiempo a estos cambios que nos han asaltado de improviso podría depender nuestra salud y nuestra salvación. Algunos de estos desafíos ya los estamos viviendo y otros amenazan con venírsenos encima. Algunos son pasajeros y otros han venido o vendrán para quedarse por siempre.

Los retos adaptativos que nos presenta el COVID-19 no sólo son del tipo inmunológico y fisiológico, sino que ha acarreado, sorpresivamente –al menos para la gran mayoría de nosotros-, una avalancha de pruebas que nos pedirán una rápida adaptación al medio social, económico, político y cultural, con el fin de preservar la vida.

Les planteo una parte de ellos, para que nos preparemos desde ya.

1. Primer reto adaptativo: virtualización del amor.

Este virus ha impuesto un inmediato distanciamiento físico entre los humanos. Gestos culturales y afectivos como abrazarse, besarse y estrecharse las manos podrían escasearse más que la comida enlatada, al menos entre amigos, gente conocida o por conocer; familiares lejanos, compadres o vecinos. Bajar la cabeza se considerará suficiente si la distancia supera el metro, de coronilla a coronilla. Acercarse cuerpo a cuerpo podría ser un castigo más que un placer y, rosarse con alguien en algún pasillo, una pesadilla. Es más, ascensores y pasillos podrían convertirse en espacios inútiles, si son estrechos y hay pasamanos o botones que tocar. La función de las manos podría limitarse a estar guardadas en los bolsillos y, como mucho, asearse la una a la otra. Así es, ya las manos no son para saludar, sino para lavarse compulsivamente dos o tres docenas de veces en el curso de un día. Los gestos de cariño podrían virtualizarse y volverse caritas, emoticones de un mensaje de Whasapp. Este es uno de los retos adaptativos más duros y hay que ver si, de paso, seguimos siendo humanos al no podernos tocar.

2.Segundo reto adaptativo: la ciudad dentro de la casa.

Casi todo el mundo ya ha incorporado, rapidísimo, diría, la idea de que hay que quedarse en casa, de que no se puede salir. Todos los famosos lo están diciendo a gritos, con tal de no colaborar con la propagación del virus. De pronto, las casas, los hogares lo son todo. Son la escuela, la oficina, el campo de fútbol, la cárcel, el juzgado; son la mansión en la colina y el barrio marginal; son hospitales públicos y enfermerías de primeros auxilios; son el gimnasio, la playa, la plaza, la montaña donde hacemos excursión. Lo son todo. Los hogares, sin importar el tamaño, ya son la ciudad. Otro reto que habrá que afrontar.

3.Tercer reto adaptativo: los padres de mil rostros.

Como consecuencia de lo anterior, esos hogares en donde la estructura familiar tradicional prevalece, tendrán que, como sus hogares, serlo todo para sus hijos, ahora más que nunca. Serán padres, médicos, profesores, presidentes, abogados; sacerdotes y monjas; comentaristas deportivos e hinchas. No quedará nada fuera y el trabajo de los padres se multiplicará hasta lo imposible.

4.Cuarto reto adaptativo: trabajar desde la casa, estar desempleado o arriesgarlo todo.

Habrá que hacerlo casi todo desde la casa. Eso si se quiere conservar la salud y tener algún ingreso que le permita subsistir. La gente se volcará a las redes sociales y a las páginas web con tal de virtualizar servicios de todo tipo y venta de cuanta cosa sea posible imaginar. La alternativa a esta opción laboral será la de lanzarse al riesgo permanente de contagio ejerciendo de médicos, enfermeras, mensajeros, masajistas y profesiones similares. Esto llevará a hacer mucho más costosos los servicios en los que se requiera la presencia física y hará que los seguros de salud, de vida y de responsabilidad civil hagan muchos ajustes a sus ofertas y deberes.

5.Quinto reto adaptativo: dar la vida por el banco.

El presente virus amenaza de muerte el dinero en efectivo –la moneda y el billete-. La circulación del dinero en efectivo precisa del movimiento humano y de su paso de una mano a otra para poder realizarse. Estos dos factores, el movimiento de las personas de un lugar a otro, de una tienda a otra, y el hecho de llevar a las manos un billete de desconocida procedencia, posiblemente contaminado, pone en riesgo la existencia futura del dinero en efectivo. Hace años se viene anunciando la desaparición del efectivo, pero hoy se ve mucho más cerca la consecución de dicho objetivo. La desaparición del dinero en efectivo podría acarrear, como consecuencia, un mayor control de los ingresos y los egresos de todos los ciudadanos haciendo fácil de controlar el pago de los impuestos establecidos por la ley. También haría de los bancos unas instituciones mucho más poderosas, si se cuenta con ellas para emitir tarjetas que faciliten las transacciones electrónicas. Habrá que adaptarse, pues, a vivir en un mundo sin monederos, sin cerditos de cerámica, sin baúles de tesoros, sin dinero debajo del colchón. También a un mundo en el que el poder de los bancos y el de gobiernos, a través de sus Rentas, tengan un poder mucho mayor al actual y una influencia mucho más determinante en nuestras vidas.

6.Sexto reto adaptativo: Estar seguros en un mundo de delincuentes.

Esta crisis ya está dejando mucha gente desempleada; gente que no podrá tener la protección indefinida de sus gobernantes, que perderá sus negocios, que no podrá pagar sus compromisos financieros. Las personas que sobreviven con oficios informales son muchas, muchísimas. Los que dependen de los turistas que ya no vienen, los que viven del transporte hecho para personas que ya no quieren o no pueden viajar, quebrarán. En Puerto Plata, por ejemplo, quizás sólo el sector hotelero en su conjunto tiene contratadas más personas que el motoconcho, pues son unos miles. Parte de esta gente anda dando vueltas en la calle sin encontrar a quién llevar. Se ha puesto de moda, en los últimos días, dar consejos y prestar ayuda de diverso tipo a través de distintas plataformas virtuales. Esto, sin embargo, tendrá que cobrarse en algún momento. Los psicólogos, los médicos, se verán obligados a organizarse para brindar una ayuda por la cual tendrán que cobrar. Pero volviendo atrás, el desempleo prolongado llevará mucha gente a los límites de la desesperación y podrían aumentar los casos de robos y muertes violentas, colocando al resto de la población en una posición defensiva y temerosa.

En conclusión, preservar la salud será cuestión de saber adaptarse a tiempo. Será necesario responder acertadamente a las nuevas preguntas que nos plantea la vida a través del COVID-19: buscar un lugar para los gestos de amor que se esfuman, saber administrar un hogar que ahora se convierte en todo lo que ofrece un pueblo, encontrar un medio de producción que podamos llevar desde nuestras casas; seguir siendo padres, cuando los hijos nos exigen serlo todo, más que nunca; aprender a vivir con un poco menos de libertad y seguridad, sin dejar de ser felices.

Palabras que protegen del coronavirus

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La década de los 80 del siglo pasado parece estar compuesta por diez años completamente banales, si nos dejamos llevar por lo que aparece en las redes sociales. Es la década de la música Pop, de Madonna y Michael Jackson; de Rambo y Depredador. Eso es sólo en la superficie. Como sucede siempre, lo dicho por el Principito carece fecha de caducidad y, lo esencial, sigue siendo invisible porque sólo lo ve el corazón.

En esa década un modesto cirujano de la Universidad de Yale sufría la comezón de una curiosidad, ¿por qué algunos pacientes terminales de cáncer se recuperaban por completo? ¿Cómo era posible que algunas personas dadas por muertas volvieran a la vida sin ningún rastro de la enfermedad que los había llevado a la sala de cirugías?

Este cirujano, Bernie Siegel, recopiló todos los casos publicados de curaciones similares y las estudió a fondo. Más adelante, luego de algunos años de investigación, publicó un libro en el que detallaba los resultados de su búsqueda al que tituló “Love, medicine, and Miracles”. En este texto el cirujano propone lo que, a mi parecer, es una de las ideas más poderosas para combatir cualquier virus como el coronavirus, cualquier trastorno, cualquier malestar físico o psicológico. Y esta es la idea que resume el trabajo de Siegel: no existen enfermedades incurables, sólo pacientes que sí lo son.

Siegel llegó a esta conclusión, como dijimos, luego de estudiar cientos de casos de personas que se curaban de enfermedades “mortales”. Enfermedades asesinas no las hay, sólo personas pesimistas que se lo creen, porque el modelo de paciente que se recuperaba era, a todas luces, uno que jamás perdió ni la fe, ni la esperanza, ni el optimismo.

Mantengamos, pues, nuestro corazón en paz; dejemos que navegue en aguas calmas; que apoye su descanso en la confianza absoluta de que siempre, pero siempre, el bien triunfará.

El COVID-19 no tiene buen humor

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En el año 1976, un analista político y editor de nombre Norman Cousins publicó un artículo en una revista de prestigio científico internacional, la New England Journal of Medicine. En este artículo, el señor Cousins comunicó la manera en que pudo sobrevivir a una enfermedad incurable. Los médicos le dieron 1 posibilidad de entre 500 de curarse, sin embargo, Cousins logró sanar completamente. ¿Adivine cómo? Pues, riéndose.

Cousins dedicó unas importantes horas de su día a ver películas de chistes y pudo calcular que, ver diez minutos de este género cinematográfico, le proporcionaba dos horas de sueño profundo sin sentir dolor.

Los científicos supusieron que el cambio de humor en el señor Cousins logró cambiar la química interna de su organismo, logrando que sanara por completo. Si esto es así, estamos ante una de las medicinas preventivas y curativas más poderosas y de fácil acceso para todos. No puede ser de otra manera. Una persona amargada, de mal genio y semblante; una persona de pocos amigos bloquea lo bueno que puede producir su organismo, mientras que aquel que ríe y sabe divertirse, le dice a su cuerpo que todo está de maravilla y el cuerpo se lo cree.

El COVID-19 puede no tener buen humor, pero nosotros sí podemos cambiar el nuestro para bien. Al reírnos, al contarnos cosas que nos muevan las tripas y las mandíbulas, activamos una respuesta positiva y optimista en todo nuestro ser.

La apuesta por la felicidad no debe tener condiciones. La enfermedad que se tiene o la que pudiera venir no son un obstáculo, si nos lo proponemos, para reír un poco más. El mal se va, cuando el mal se aproxima con una sonrisa.

Durante la cuarentena, si vas a ver algún programa, que te haga reír, y verás todo lo bueno que la risa te aportará.