100 libros, 100 donaciones

El día de mañana, a las 7:00 p. m., estaremos poniendo en circulación “Se hizo la noche y la luz era yo”. Esta edición está dedicada por completo a la Casa Nazaret, institución consagrada al cuidado de niños con distintas minusvalías. Ponemos a la disposición de los asistentes un total de 100 libros para que los mismos sean intercambiados por la donación que se considere. El dinero que sea colectado lo recibirá directamente la institución religiosa que cuida de los niños y será utilizado para el pago de los gastos corrientes de la casa, así como para la compra de alimentos y medicinas. Los esperamos.

Abusadas

Hoy. Justo hoy. El sastre está del otro lado de la calle, sentado en la calzada bebiéndose una cerveza grande directamente de la botella. Está envuelta en una funda de papel, la botella; y él, no sé, en una tristeza absurda, como todas. Lo espero debajo de la mata de mango mientras mi hija de tres años juega detrás de mí con unas piedras, colocándolas en fila, como si la naturaleza, a sus ojos, estuviera desordenada. Cuando cruza la calle noto que tiene la cara hinchada, tal vez por haber bebido mucho. También está locuaz, no como lo encontré en la mañana cuando le llevé el vestido de Yolanda para que lo que arreglara. Ve la niña y aprovecha la ocasión para hablar de las suyas. Dos, me dice que tiene, de catorce y veinticuatro. También me dice que las suyas no son como las del barrio que se ve detrás, oculto por los negocios que afean la calle. Me comenta, con orgullo, que ha ido más de una vez con su hija mayor a prostíbulos y a esas cuevas oscuras en donde las mujeres bailan desnudas para el deleite de unos borrachos sudorosos. Míralas bien, le ha dicho, si no estudias y te haces profesional, terminarás siendo un “cuero” como esas, acostándote con esos “asquerosos” que tú ves ahí. Su hija mayor está terminando la carrera de educación -por sus poderosos consejos, quizás-, pero allá, en ese barrio en el que vive y que odia, las de once años son viejas y no niñas; las de quince tienen dos hijos más tres abortos y andan por los colmados pidiendo comida por sexo, y ron por lo que sea. Si veinte años no son nada, ¿qué vienen siendo once? O, ¿qué son cuarenta o cincuenta años si se los encapsula en once? Por nuestros barrios deambulan mujeres de cincuenta años encapsuladas en cuerpos de niñas, con ojos de niñas, con dedos de niñas, con pies de niñas… ABUSADAS.

 

Puesta en circulación

Ya disponemos de fecha y lugar para la puesta en circulación de “Se hizo la noche y la luz era yo”. Hablamos del 2 de mayo a las 7:00pm en el salón de eventos de la Sociedad Cultural Renovación.

En esta actividad se pretende intercambiar nuestro libro por una ayuda a la Casa Nazaret. Esta institución, asentada en Puerto Plata, se dedica al cuidado de niños con minusvalías y, al momento presente, cuenta con muy poca ayuda para mantenerse a flote.

Contamos con su presencia.

Sostiene Jethel

Veinte años han pasado, quizás, desde el día en que, movido por el tedio, me acerqué a la Cineteca para ver, por efecto de ese tropiezo, la adaptación cinematográfica de la novela de Antonio Tabucci, “Sostiene Pereira”. Mi sorpresa fue toparme con un Marcello Mastronianni acabado por el peso de los años, desempeñándose de manera magistral en el papel de un periodista que da los últimos plumazos en los folios de su vida. Algo triste, de veras. Pero, definitivamente, el testimonio de un hombre que, al final de sus días, recobra el corazón perdido en batallas precedentes, guerras infames como la muerte de su mujer y el desmoronamiento de la democracia de su país.

Ciertas cosas se pierden pero, para perderlas, antes deben haberse poseído. La vida, la salud, el aliento, la voluntad, el amor, la alegría. Usted sume. Pereira tuvo, perdió y recuperó. Por eso sostiene, por eso puede decirse que tiene algo que afirmar, algo que proponer. Jethel  Fiallo también sostiene algo, una verdad, unas ráfagas de no se sabe qué luces  que animan las velas de esta embarcación que es su libro “Pausas”. Fiallo le da un giro a la monotonía de la vida acomodando silencios –pausas- en el pentagrama que dibujan las horas. Silencios necesarios para que la música brille porque, sin silencios, sin corchetes, sin paréntesis, la vida es un ruido absurdo que sólo acarrea locura. Fiallo sostiene cosas que parecen olores, que no se pueden acoplar a los bits del impulso tecnológico. Sí, son vivencias, asuntos demasiado humanos como para que quepan en un ordenador y sean susceptibles a la tecla que borra los fallos y mejora los manuscritos.

Sostiene Fiallo que hay que aprender a escucharse, que los dolores voluntarios del corredor lo enseñan a vivir, que el sufrimiento tiene muchas caras y, no pocas de ellas, son luminosas como soles de verano. Fiallo sostiene esto y un tanto más porque se ha construido por dentro como lo hicieron los ascetas de la antigüedad. ¡Increíble!, la gente está dejando de lado la humanidad, su humanidad, porque se está levantando fuera de sí, en el medio frío del celular y la tableta. Todos sus recuerdos están fuera, en la nube. Todas sus fotos están allí, en esa cosa monstruosa rodeada de cables y descargas eléctricas. Y por dentro está vacía. Se la ve enloquecer cuando se le pierde el teléfono móvil, cuando se le cae en la bañera o se le rompe la pantalla porque ahí, en ese aparato está él o ella, está su vida, lo que ha sido hasta entonces. La esencia del hombre que se está formando hoy no está en su interior, sino fuera. ¡Qué pena!, Sí, es triste ver tanta gente descompuesta mirando hacia abajo, buscándose fuera, en una ropa interior o en unos zapatos porque ahí está la vida que ha cimentado y a eso se reduce. Fiallo en un extremo opuesto, ha sabido “interiorizar” lo sucedido para exprimirlo sacando el jugo de la verdad. Porque para producir se precisa tener a mano los materiales que nos ha dado la vida en forma de experiencias, de caminos polvorientos, de flores blancas que buscan estrellas para elevarse.

Cuando salgo a correr, no suelo prestarle atención a los olores, como casi todos me siento visualmente orientado pero, mañana, cuando vuelva desplazarme por el barro y la piedra, iré al encuentro de esos olores a azahares de los que habla Fiallo, para enriquecer mi interior, con la esperanza de que algún día, tal vez no lejano, pueda sostener algo, como sostiene Pereira, como sostiene Jethel Fiallo.

Amazon Kindle

A partir de hoy, aunque todavía no tenemos una fecha para la puesta en circulación de nuestro último libro, “Se hizo la noche y la luz era yo” estará disponible en amazon.com en dos formatos, tanto el digital para leerse a través de su aplicación, Kindle, o en papel impreso, a la manera tradicional.

Este último trabajo me llena de gran satisfacción por su claridad y su sencillez. Tengo la esperanza de que los lectores lo disfruten tanto como lo hice yo al momento de redactarlo.

Un abrazo para todos.

Se hizo la noche y la luz era yo

Casi dos años de trabajo después, estamos próximos a publicar una novela inspirada en Eduardo, mi sobrino. Un niño excepcional que partió de los brazos de su madre a los de Dios de una manera abrupta, inesperada. El libro consta de dos partes. La primera comprende una novela que relata las experiencias de un niño en el cielo y, la segunda, son relatos breves en los que, fundamentalmente, se narran los encuentros del niño con su madre, en sueños. Estará disponible en las librerías y en el servicio de descargas de Amazon a partir de enero. Aún no tenemos una fecha exacta, pero será pronto, porque sólo falta tramitar el proceso de impresión y distribución.

La corrección ortográfica y de estilo fue realizada, esta vez, por mi querida profesora Jeannette Morales. Estoy sumamente agradecido por sus observaciones. ¡Cuánto he aprendido de ella en estos meses en los que hemos estado en contacto!

Los primeros ejemplares del libro no se venderán, sino que se ofrecerán a cambio de una ayuda cualquiera a alguna institución sin fines de lucro que se dedique a servir a los niños más desfavorecidos, porque esto es algo que Eduardo adoraría que se hiciera. Este intercambio lo realizaremos el mismo día de la puesta en circulación, que será en Puerto Plata en una fecha que les comunicaré después.

Un abrazo para todos y, de paso, feliz Navidad y un bonito año 2018.

Un idiota más

Highway Traffic at Sunset. Tilt Shift Concept Photo. Traffic in Las Vegas Nevada, USA.

Probablemente ha escuchado acerca de las bicicletas en Holanda, de sus más de 30,000 kilómetros de vías exclusivas para andar en ellas. También, quizás, algo referente a la intensa preocupación que hay en numerosos ciudadanos dispersos por el mundo de dejar una huella verde en el planeta -o no dejar ninguna-, de no contaminar, de no contribuir con las emisiones de CO2 ni la creación de basura plástica; de no tragarse el planeta en las próximas dos o tres décadas, como se augura, al ritmo que vamos y haciendo lo propio de los más burdos seres animados.

En el extremo opuesto a estos seres humanos estamos nosotros, los habitantes de esta isla tan, pero tan mediocre, que celebramos la noticia de que un banco de prestigio nacional ha concedido crédito para que tres mil vehículos nuevos se integren al parque vehicular, como que en la tierra el espacio para almacenar nuestros desperdicios es infinito, como que las calles que segmentan nuestras ciudades dan para más vehículos todoterreno que parecen mansiones andantes.

Ya quisiera yo integrarme al puñado de dementes que, en contra de toda esta marea gigante de idiotas que solo viven para presumir posesiones ridículas a las que no sobrevivirán, andan a pie o en transporte público a donde quiera que van, aunque pudieran codearse con los que exhiben el lujo de un vehículo europeo. Con esos que promueven consumir los productos locales, andar descalzos, comprar lo mínimo, desligarse de la dictadura de los bancos; tenerlo todo cerca, el colegio de los niños, el mercado popular, el trabajo, el parque y la residencia para no contribuir a la quema irracional de más combustible fósil, con esos quisiera yo compartir vecindad. Pero, he aquí que, en esta pseudonación, inscribir a mis hijas en la escuela que tengo cerca de casa sería un acto más irracional que el de montarme en mi carro y llevarlas a un colegio que me cuesta muchísimo más y me queda a una hora de camino, por el solo hecho de que la formación que en ella se ofrece es tan deficiente, que daría lo mismo dejarlas en la casa, alienadas con la televisión. Llevar las niñas en transporte público es lo mismo que no llegar o acostumbrarme a recostar la cabeza en la axila de algún individuo. De tener la dicha de vivir cerca del colegio de las niñas, tampoco sería prudente llegar caminando. ¡Oh!, ¿y si me asaltan?

Amigo, yo, con toda razón los critico, pero tengo que admitir que, a mi pesar, soy un idiota más de los envenena esta tierra que una vez fue habitable. Por eso me verá usted en mi carro formando parte de la interminable cola de vehículos que taponan las avenidas, aburrido, enojado, malgastando mis horas y el dinero que gano y los recursos del planeta. Yo, que estoy como los demás, merezco también que siembren en mi cabeza esa planta de carbón que iniciaron en el sur para detrimento de la economía nacional, la destrucción de la capa de ozono y el aumento de los gases que contaminan la atmósfera.

Un alma dentro de la otra

Portrait of mother and little daughter near the lake

Iban caminando de la mano y en contra de la brisa -adrede- para que la embestida les acariciara las almas. No tenían hambre, no tenían sed, no necesitaban de nadie más. Estaban completos como un círculo porque eran sueño. Los dos lo eran, el hijo y la madre. Y no era una escena tierna, ni cursi, sino un momento de esos que dejan una huella tan profunda que, aún después de despertar, se recuerdan vívidamente, muchos más que el sol que cuelga del tiempo en esta materia de uñas y pieles que tocamos.

El niño se detuvo y se puso enfrente de ella.

– Mami –dijo él y, luego, hizo una pausa.

– Dime, mi amor –ella lo tomó por la barbilla y le levantó el rostro.

– Voy a entrar un momento en ti, no te asustes –el niño le tocó el abdomen, luego de separarse un poco de ella para mostrarle sus ojos -.

– Para ti mi corazón no tiene puertas, Eduardo. Preguntar es consumir en vano el rato que pasamos juntos.

El niño sonrió y, sin más, atravesó la piel inmaterial de la madre para alojarse en ella. Un alma dentro de la otra, quedaron y, un calor, una fuerza, una energía sacudió la madre como un temblor que acarrea maremotos. En su sueño, la madre se recostó buscando apoyo y empezó a sentir, sin pensar, sin juzgar, cómo su ser se llenaba de partículas de luz cada vez que el niño soplaba dentro de su ser, cada vez que un pensamiento suyo florecía como una gota que cae y se extiende en ondas. Cuando el niño notó que la madre iba a perder la consciencia, salió con cuidado de su alma y se recostó a su lado, sin dejar de abrazarla.

– Felicidades, mami –dijo él.

Sí, la madre se sentía feliz, todo lo que se podía estar. Eduardo, con su modo habitual de comunicarse, le recordó cómo, en su vida de días que pasan, un año más había transcurrido desde el parto por el cual había venido al mundo de la piedra. Uno más. Lo supo como un rayo que se acerca rápido y fugaz. Y el mensaje era simple, el niño había estado allí en su cuerpo, unos años atrás, compartiendo con ella su alma; sus latidos, tan cercanos que sonaban como uno solo, allí habían aprendido las reglas del orden y la armonía. Siete años serían, y no fueron. Pero poco importaba, porque el niño estaba en un lugar en donde el tiempo y el espacio eran la misma realidad. La madre lo intuyó al despertar y eso le bastaba para ser feliz. Por eso, a partir de aquel aniversario, la madre sonrió y nunca dejó de hacerlo. Jamás.

P.D.: ¡Feliz cumpleaños, Eduardito!

 

Luz hay, pero no veo

Silhouette of woman meditating in forest in a foggy morning

La gente pregunta. Murmura, a veces. No es mala la intención, entiendo, porque es de humanos extrañarse, inquirir, volver los ojos atrás y notar que algo falta. Ver o entrever lo raro. Ahora pregunta porqué vienen a ser tantos los días en los que no escribo y quiero responder que estoy frente  a esa neblina maldita, cíclica, que no me deja ver puntos de apoyo ni direcciones. Preguntarán, si hablo, que cuál neblina, si todo está a la vista y a la mano, que más transparente no puede estar el horizonte y, con toda razón, también será verdad, porque luz hay pero… no veo. No veo nada, ni mis propias manos.