Padres estudiados e hipócritas

Los estudios científicos insisten en postergar el acceso de los niños a los teléfonos móviles y a las tabletas, de modo que los mismos no interfieran en su desarrollo psicosocial. Sin embargo, no es nada fácil luchar contra la frustración de los hijos cuando ven que, a su alrededor, son los únicos o los pocos que, por insistencia de los padres, aún no tienen acceso a dichos dispositivos ni al placer que los mismo les proporcionan a sus congéneres.

Los niños nos ven, si escuchamos y aplicamos las sugerencias de los expertos, como adultos malvados. Queremos, anhelamos lo mejor para nuestros hijos y, por eso, nos informamos y buscamos la manera de aplicar toda esa sabiduría a la educación que les damos. Hasta ahí todo está bien, pero en lo relativo a los equipos como los mencionados (móviles y tabletas) no somos justos, porque para colmo, también nosotros tenemos móviles y nos complacemos en las redes sociales que seguimos por su medio, incluso delante de ellos, hasta olvidarnos del tiempo que en ellas consumimos. Incluso compartimos fotos de nuestros hijos en ellas, obligándolos a que nos den sus mejores sonrisas. Luchamos con los niños, no los entendemos, nos justificamos diciéndonos que todo lo hacemos por su bien, queremos hacerles ver la importancia de alfabetizarse, de compartir con los demás, de aprender a conversar y a resolver conflictos antes de dominar alguna aplicación de moda. Pero es una lucha inútil porque, como sucede siempre, si no damos testimonio de lo que pedimos, no conseguiremos nada bueno de todo ello.

La hipocresía no vende bien y los niños no la compran. La autenticidad, en cambio, sí lo logra, pero para ello los primeros en hacer el sacrificio somos nosotros, los padres. Soy yo. El problema de los padres educados de este siglo sigue siendo el mismo que en siglos pasados, ser ejemplo de lo que predican, ser sinceros y pedir sólo aquello que están dispuestos a dar. Se aplica esta verdad a teléfonos móviles, a juguetes de cartón, a libros y a redes sociales.