Sostiene Jethel

Veinte años han pasado, quizás, desde el día en que, movido por el tedio, me acerqué a la Cineteca para ver, por efecto de ese tropiezo, la adaptación cinematográfica de la novela de Antonio Tabucci, “Sostiene Pereira”. Mi sorpresa fue toparme con un Marcello Mastronianni acabado por el peso de los años, desempeñándose de manera magistral en el papel de un periodista que da los últimos plumazos en los folios de su vida. Algo triste, de veras. Pero, definitivamente, el testimonio de un hombre que, al final de sus días, recobra el corazón perdido en batallas precedentes, guerras infames como la muerte de su mujer y el desmoronamiento de la democracia de su país.

Ciertas cosas se pierden pero, para perderlas, antes deben haberse poseído. La vida, la salud, el aliento, la voluntad, el amor, la alegría. Usted sume. Pereira tuvo, perdió y recuperó. Por eso sostiene, por eso puede decirse que tiene algo que afirmar, algo que proponer. Jethel  Fiallo también sostiene algo, una verdad, unas ráfagas de no se sabe qué luces  que animan las velas de esta embarcación que es su libro “Pausas”. Fiallo le da un giro a la monotonía de la vida acomodando silencios –pausas- en el pentagrama que dibujan las horas. Silencios necesarios para que la música brille porque, sin silencios, sin corchetes, sin paréntesis, la vida es un ruido absurdo que sólo acarrea locura. Fiallo sostiene cosas que parecen olores, que no se pueden acoplar a los bits del impulso tecnológico. Sí, son vivencias, asuntos demasiado humanos como para que quepan en un ordenador y sean susceptibles a la tecla que borra los fallos y mejora los manuscritos.

Sostiene Fiallo que hay que aprender a escucharse, que los dolores voluntarios del corredor lo enseñan a vivir, que el sufrimiento tiene muchas caras y, no pocas de ellas, son luminosas como soles de verano. Fiallo sostiene esto y un tanto más porque se ha construido por dentro como lo hicieron los ascetas de la antigüedad. ¡Increíble!, la gente está dejando de lado la humanidad, su humanidad, porque se está levantando fuera de sí, en el medio frío del celular y la tableta. Todos sus recuerdos están fuera, en la nube. Todas sus fotos están allí, en esa cosa monstruosa rodeada de cables y descargas eléctricas. Y por dentro está vacía. Se la ve enloquecer cuando se le pierde el teléfono móvil, cuando se le cae en la bañera o se le rompe la pantalla porque ahí, en ese aparato está él o ella, está su vida, lo que ha sido hasta entonces. La esencia del hombre que se está formando hoy no está en su interior, sino fuera. ¡Qué pena!, Sí, es triste ver tanta gente descompuesta mirando hacia abajo, buscándose fuera, en una ropa interior o en unos zapatos porque ahí está la vida que ha cimentado y a eso se reduce. Fiallo en un extremo opuesto, ha sabido “interiorizar” lo sucedido para exprimirlo sacando el jugo de la verdad. Porque para producir se precisa tener a mano los materiales que nos ha dado la vida en forma de experiencias, de caminos polvorientos, de flores blancas que buscan estrellas para elevarse.

Cuando salgo a correr, no suelo prestarle atención a los olores, como casi todos me siento visualmente orientado pero, mañana, cuando vuelva desplazarme por el barro y la piedra, iré al encuentro de esos olores a azahares de los que habla Fiallo, para enriquecer mi interior, con la esperanza de que algún día, tal vez no lejano, pueda sostener algo, como sostiene Pereira, como sostiene Jethel Fiallo.

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