Las filas y la libertad

Esta mañana bajaba a la ciudad y vi filas en varios bancos y supermercados. Todavía hoy, varios meses después de declarada la pandemia que en este año los medios masivos han decidido promover -se dice poco de la pandemia del hambre por la que mueren millones de niños cada año, por ejemplo-, la gente sigue haciendo cadenas humanas, una detrás de la otra como eslabones de una cadena triste y nefasta. Las filas nos dicen muchas cosas de los humanos, como que hay objetos masivamente codiciados o necesitados, como el alimento del cuerpo o el dinero que permite comprarlo. Las filas son uno de los inventos malditos de los dioses pequeños, de esos a los que les parece que, al menos que se sufra de alguna condición de edad o de salud, el primero en llegar será el primero en salir.

Las filas, sin embargo, son algo odioso y nos dicen que no tenemos control sobre lo que nos hace falta, que eso de lo cual devienen la salud, la felicidad, la satisfacción, la saciedad, el bienestar está centralizado y lo manejan unos pocos. Las filas nos dicen que la libertad, en este mundo al que hemos llegado y al que seguimos sosteniendo con creencias obsoletas, es una ilusión. Mi conclusión es simple, si hay que hacer filas, mi tiempo es excrecencia y mi libertad, otra mentira más de la Matrix.

Verdes y azules

Abstract illustration of medieval battle.

Verdes y azules decidieron entrar en guerra para disminuir el número de personas de cada lado. Querían matar y hacerse sufrir. Hubo muchas batallas y, en la que pudo ser la última de todas, fue tanta la sangre que se derramó que quedaron todos rojos y, no pudiendo distinguirse el color de los combatientes, hubo que detener la contienda. Se miraron con las armas en las manos y nadie supo qué hacer.

Era medio día aún. El sol se mostraba afilado, más hiriente que cualquier cuchillo. Por su causa cuando todos empezaban a dar la espalda, la sangre, que es agua roja, comenzó a secarse. Entonces, rápido, demasiado rápido, los verdes se volvieron anaranjados y, los azules, morados. Al caer en la cuenta del cambio de color, la masa de combatientes apretó dientes y armas. Gritos bélicos se escucharon en el fondo y la gente volvió a matarse, con la misma sed de antes.

Todavía hoy esa gente sale a quitarse la vida estúpidamente mientras el sol, en lo alto, se ríe, amarillo.