Hice, pero debí hacer

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Los primeros indicios del amanecer coincidieron con la llegada a una explanada verde en la que, gente de distintas culturas, empezaban a subirse a unos globos aerostáticos multicolores. La madre estaba confundida. Otra vez, pensó. No entendía cómo un solo sueño pudiera extenderse de tal modo que rindiera para tanto. De vez en cuando lo veía, callado, tranquilo; siempre feliz y, a la vez, con el sosiego que irradian tanto la sabiduría como la santidad. ¿A dónde se había ido el niño de seis años al que le gustaban los animales y el fútbol? A veces lo encontraba mirándola fijamente y se sentía intimidada. Era como si su bebé pudiera verla por dentro y escuchar lo que pensaba. Eso la hacía sentir desorientada porque, aunque no le importara que su hijo supiera lo que había en su interior, sí le extrañaba la situación en la que ahora se encontraban, una en la que ya no era ella la que educaba a su niño para convertirlo en un hombre de bien. Ahora su hijo era su maestro.

La iguana, incapaz de abandonar el medio en el que la naturaleza le asignó adaptarse, se quedó en el desierto. Como una piedra más, inmóvil, los vio alejarse. Ahora estaban otra vez solos. Mal acompañados por un grupo de extraños que ya iban elevándose en sus globos. En verdad era un espectáculo impresionante aquel en el que todas esas burbujas apuntaban al sol cargando gente en sus enormes canastas. Nunca había visto nada similar pero, distraída como estaba, apenas dejaba espacio en su capacidad de atención para dejar que aquella belleza se asomara a su interior. La madre estaba anegada por una neblina gris y espesa que, durante el último trayecto, fue apoderándose de su ser y que nació a raíz de un pensamiento: de haber actuado de otra manera, Eduardo aún estuviera durmiendo con ella, riendo con ella, cantando con ella. No así, como en sueños. La madre quería tener otra vez aquel cuerpo latiendo en sus manos. Era una idea que, como una marea insistente, volvía una y otra vez a su playa queriendo inundarla. Es verdad que el niño estaba mucho mejor allí, más feliz y completo, pero la culpa nos deja ciegos y, en aquel momento, la incapacitaba para ver la realidad.

Todos los globos despegaron y se volvieron puntitos de rocío que la brisa se llevó. Pero ellos seguían allí, en el mismo lugar. La mamá pensando, el hijo aguardando, el mundo de una mañana luminosa a la espera de alguien que lo viviera. El ladrido de un perro devolvió a la madre al globo en el que estaba con Eduardo.

– ¿Qué pasa? ¿Por qué no despegamos? –le preguntó al niño.

– Este no es un globo normal –le respondió él-. Mira. No tiene sistema de combustión para aligerar el aire que está en su interior. Para que este globo se eleve –continuó diciendo Eduardo-, el alma de los que lo abordan deben pesar muchísimo menos que la gravedad que lo atrae. Estamos, de algún modo, pisados, apretados entre el suelo y una fuerza que no puedo controlar.

– ¿Ni siquiera porque es un sueño? –ella se agarró a los bordes y se fijó, por primera vez en el paisaje, en los árboles gordos y en las nubes delgadas. Pensó en cómo habrían de verse desde arriba, en cómo un cambio de perspectiva modifica lo que pensamos de cualquier situación o realidad.

– Ni siquiera en sueños –Eduardo volvió a poner esa carita de sol, luminosa-. Pero tú puedes hacerlo.

– ¿Yo? –preguntó incrédula.

– Sí. Agáchate y observa.

Cuando la madre se abajó hasta colocarse a la altura del niño, sintió su mano en la frente. Más que mano, un calor peculiar, narcótico. Eduardo abrió algo, una rendija, en su mente y, curioso, ambos pudieron ver una masa pesadísima de fango oscuro en vilo, una figura irregular de plomo, algo espantoso, vivo, que se movía allá dentro.

– Chiqui, pero ¿qué es eso que tengo adentro? –le preguntó asustada al niño.

– Eso se llama “hice, pero debí hacer” –le respondió él y notó, al momento, cómo a la madre se le llenaban los ojos de lágrimas-. Es algo raro lo que hacemos. No sólo tú. Todos. Es verdad que, de haber hecho otra cosa las consecuencias hubieran sido otras…

– ¿Verdad que pudo suceder otra cosa? –le interrumpió la madre, sin dejar de pensar que pudo conservar por más tiempo a su hijo; buscar otros médicos, otros centros de salud, otros países, otros tratamientos.

– Claro. Por eso es una idea tan poderosa –el niño se sentó en esa canasta cuadrada que era la base del globo-. Por eso, por poderosa y pesada es que no nos separamos del suelo. Porque es verdad que cada paso que no dimos pudo conducirnos a un lugar completamente distinto al que llegamos. Sin embargo,…

– ¿Qué?

– Sin embargo, aquí estamos –el niño hizo un círculo con las manos.

Y eso también era cierto. El pasado pudo ser diferente y el presente también pero, ¿acaso importaba? Todos se habían marchado y ellos quedaban allí, varados, como alas caídas, echadas a perder, desperdiciadas. La madre sacó la cabeza por la borda y empezó a derramar unas lágrimas oscuras, de plomo espeso. Ya antes de quedar vacía de tanto mal, estaban volando. A la altura de las nubes, se giró hacia adentro y encontró a Eduardo sonriendo. El chico era una llave y había abierto otra puerta, la del corazón de la madre.

Se rieron. Se rieron tanto que las carcajadas la despertaron, transportándola de un globo a una cama, de un momento irrepetible de liberación espiritual a ese tipo de consciencia angosta y borrosa con la que nos pasamos los días.

Una iguana en el desierto

Little girl in white dress and hat walking down the sand dune in desert, at sunset

– Es por aquí –dijo Eduardo.

La arena se veía anaranjada. Daba la impresión de que caminaban por la superficie del sol. Los pies se les hundían hasta los tobillos, como cuando se camina en la playa y, en la distancia, se veían claramente imágenes de aguas fantasmales, oasis, ríos, mares que no existían. Eso era estar en el desierto. Eso más el calor y la sed que, en medio del sueño, no exigían satisfacción inmediata.

– Aquí, justamente aquí, pisaron la tierra algunos de los primeros seres humanos. Por lo menos de los que ya no vivían en las cavernas– continuó diciendo el niño a la madre.

Ella se detuvo. Le parecía un desacierto que una especie comenzara su marcha por la vida en un sitio tan árido. Cruzó los brazos e intentó sostenerle la mirada al resplandor que se elevaba desde levante.

– Este me parece el peor lugar del mundo para comenzar a vivir –dijo, al fin.

– Bueno –Eduardo se agachó para recoger del suelo un iguana larga y delgada que se acercó-. Nunca fue tan árido como ahora lo vemos. Eso no quiere decir que entonces fuera más fácil echar adelante la vida. Aunque, eso de que la vida sea fácil o difícil es una decisión que cada quien toma para convertir la vida en eso que piensa.

– Es cierto.

Se tomaron de la mano y siguieron caminando. La iguana se acomodó en los hombros de Eduardo y les señaló el camino que debían seguir. Subieron y bajaron dunas de oro molido; de un polvo tan fino y volátil que, ante la brisa más endeble, se elevaba para atacar los ojos de los caminantes.

La madre empezó a preocuparse. Tal vez un sueño no bastara para llegar a donde les señalaba el reptil y estuvieran sueño tras sueño caminando quién sabe por cuántas noches. Todo por su culpa, pensó. Por estar de preguntona y asediar a su niño con cuestiones como esa de porqué era necesario nacer como humanos para llegar al cielo. Es decir, le preguntó a Eduardo, ¿por qué era preciso nacer con aquella carne mortal y tener que vérselas con el dolor de la muerte? ¿Por qué Dios no había sido más astuto y daba a luz a la vida celestial a todo el mundo sin ese paso previo? A la madre le extrañaba que a Dios no se le hubiera ocurrido evitarles a las almas esa etapa lastimosa de la humanidad.

Arribaron casi de noche, luego de mucho caminar. Todavía era posible distinguir promontorios dispersos, vestigios de edificaciones de barro muy simples en las que se cobijaron los ancestros del hombre.

– Aquí llegaron a vivir más de cien familias –Eduardo comenzó a describir el lugar, el tipo de convivencia que allí tenían-. Esas que ves allí, eran unas pequeñas chozas que compartían. Tu concepto de familia aún no nacía, así que en una casita podía vivir cualquiera; tampoco la idea de una posesión individual. Pasarían siglos antes de que comenzara a dividirse la tierra con títulos de propiedad.

La iguana se bajó de los hombros de Eduardo y se escabulló entre unos escombros del mismo color de su piel. Caminaron con cuidado. Aún quedaban algunos edificios de entre cinco a seis metros de altura que amenazaban con desplomarse en cualquier momento.

– Este edificio era el centro del pueblo. Aquí se adoraba a Dios cuando aún el mundo estaba tan nuevo que no se le tenían nombres a muchísimas cosas.

– Eso parece más bien un enorme altar de sacrificios –le dijo la madre.

–  Has acertado. Aquí también se mató a mucha gente.

Al abrir los ojos y la boca hasta donde pudo, la madre le mostró su sorpresa.

– Aquí está la respuesta a tu pregunta. Querías saber porqué hay que atravesar la experiencia de la materia, de la carne, del dolor antes de elevarnos al cielo.

Eduardo le tomó la mano y la invitó a subir al altar dando pasos inciertos por unas escaleras que parecían sostenidas por un hilo invisible. Al llegar arriba, el niño continuó diciendo:

– El problema es la libertad. Hay que hacerse carne para aprender a manejar la libertad. Es un poder que, cuando se tiene y se descubre, no se tiene la menor idea de cómo utilizarlo, ni cómo emplearlo para hacer el bien. Imagínate, cuando el hombre tuvo la sospecha de que era libre, casi se extingue a sí mismo, como pasó aquí, poniendo el nombre de Dios de por medio. Todavía en tu tiempo la libertad sigue produciendo catástrofes, holocaustos. Esa es una de las principales razones, en términos generales, por las que pasamos por nuestros cuerpos. Pero también se llega a la vida para adquirir ciertas habilidades que nos permitirán cumplir misiones individuales en el paraíso.

– ¿Misión? ¿En el paraíso? –preguntó la madre, sorprendida-. Yo creía que al cielo sólo se iba a dormir y a descansar.

Eduardo sonrió.

Volvieron a bajar las escaleras y empezaron a tomar el camino de vuelta. Casi no se distinguía la definición del trillo de arena. Por suerte, una luna blanca y gigante vino unida al cielo de la noche.

– ¿Y yo? ¿A qué he venido a la tierra?, si se puede saber –le preguntó ella temiendo que Eduardo evadiera la pregunta.

– ¿No te parece evidente? –el niño se detuvo y se colocó delante de ella.

– ¿Debiera estar tan claro? La verdad es que aún no le encuentro sentido a todo lo que he vivido. Incluida esta experiencia de tenerte y perderte, así, tan de repente.

Eduardo la miró con pena.

– Mami… -Eduardo no pestañaba. La madre no respiraba el aire de los sueños-. Estás aquí para aprender a ser libre, lo cual es común a todos los seres humanos. Lo que diferencia tu misión de la de muchos otros, la mía incluida, es que estás aquí para aprender a ser fuerte. No me refiero a ser simplemente fuerte. Escucha, al final de tu vida habrás aprendido, con gozos y con dolores, a ser muy, pero muy fuerte.

La iguana salió de los escombros y volvió a los hombros de Eduardo.

La madre no volvió a preguntarle nada a su hijo durante el resto del sueño. Todo estaba dicho. Si la clave que definía con mayor propiedad su misión era hacerse todo lo fuerte que pudiera, significaba, sin lugar a dudas, que lo que le esperaba en el cielo era una vocación que pesaba… una que pesaba mucho. No tardó en reanimarse, sin embargo, porque aunque las pruebas fueran muchas y difíciles, ya su hijo le había adelantado algo: al final, lo lograría.

El secreto de nuestra esencia

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Eran las tres de la madrugada según el reloj que medía la hora del mundo. Reloj, por cierto, injusto, innecesario; un artilugio incapaz de ninguna otra cosa que no fuera pasársela señalando números como un enfermo obsesivo. Hubo tiempos en los que la gente contaba lunas y vivía menos pendiente de lo que le restaba por vivir, sin tanto miedo. Pero ese no era el tiempo que le tocó a su mamá. La pobre miraba su reloj y, con ello, tan solo alejaba la posibilidad de conciliar el sueño.

Eduardo, a la espera, se recostó en sus piernas como cuando tenía cuerpo y empezó a acariciarla. Ella se sobresaltó. Sintió algo. Tal vez lo imaginó. Sí. No. Fue algo tan real y a la vez tan confuso. Su relación con el niño se había prolongado en sueños pero, despierta, la madre no sabía distinguir la caricia de su hijo del roce de la sábana. Por eso tuvo miedo. Porque la ignorancia asusta, mientras el conocimiento regocija. Buscando una protección innecesaria, sin saber con exactitud de qué se protegía, se acurrucó entre el padre y la hermana del niño y ahí se quedó dormida, en la cuna de calor que los dos le dieron.

Ya dormida, la madre lo abrazó y lo besó en medio de su sueño.

– Te he echado de menos –comenzó a acariciarle el pelo-. Tengo la sensación de no haberte visto durante muchos sueños.

– Ja, ja, ja. –increíble, pensó la madre, la risa de Eduardo no la cambiaba ni la muerte-. Estuve por ahí, acompañando a una amiga.

El niño la tomó de la mano y se enganchó con ella en la curva de un arcoíris. Estaban a una altura tal que el mundo dejó de verse plano para mostrar su forma auténtica.

– Chiqui –la madre, en lugar de preguntarle a Eduardo por Zuri y lo que vivió junto a ella, frunció el entrecejo y se tornó meditabunda-. Quisiera poder verte todo el tiempo, estar contigo siempre; poder hablarte y estar completamente segura de que estás ahí. Los días pasan y me siento cada vez peor porque me haces una falta insoportable y esto que vivimos cada noche no lo recuerdo a la mañana siguiente.

La madre hablaba como en un sueño dentro del sueño. Cuando tomó conciencia de lo que acababa de decir, continuó diciendo:

– ¿Por qué los vivos no pueden ver a sus muertos? A veces, estando despierta aún, te veo por segundos en los rostros de otras personas. Pero no sé distinguir qué crea mi mente de lo que sucede en realidad. No sé si en verdad eres tú.

Abajo, unos jóvenes se lanzaron al agua en sus tablas de surfear. Parecían insectos microscópicos jugando con briznas de hierba.

– Hay pocas, quizás ninguna manera de explicarte en términos humanos eso que preguntas. Porque es algo tan, pero tan distinto a lo que el hombre conoce que no existen palabras para expresar una realidad como ésta. Y si me inventara palabras nuevas, tampoco me entenderías.

Silencio. Se calló el mundo para escuchar al niño.

– Aunque, pensándolo bien, hay una imagen que pudiera aproximarse un poquito, mami. Seguro has escuchado a alguien decir que los seres humanos tienen un vacío que nada puede llenar; que no importa lo que hagan o tengan, siempre estarán a la espera de algo más. ¿No es así?

– Claro. Lo he escuchado muchas veces –le confirmó la madre.

– Bueno, pues yo soy ahora mismo ese vacío. Eso no quiere decir que no sea nada. Yo soy ahora lo que siempre fui, mi auténtico yo, es decir, ese vacío. Ninguna otra cosa. Pero ese vacío ni lo puedes ver, ni escuchar porque los sentidos que utilizas no te sirven para captar lo que soy, sin importar lo que hagas.

– Chiqui, pero, ¿y esos brazos, y esa carita y ese cuerpecito que ahora abrazo, qué son? –replicó la madre.

– Son una construcción de tu mente en medio de este sueño en el que estamos. Yo soy yo y yo estoy aquí, pero no soy, de alguna manera, lo que estás soñando. Tú crees que yo tengo cara porque me besas; supones que tengo ojos con los que te veo; crees que tengo cuerpo porque me puedes abrazar. Yo no tengo nada de eso, mami, eso se quedó allá, eso era de la tierra. Puedo pasarme lo que te queda de vida a tu lado y nunca sentir mi presencia porque tu mente sólo entiende de objetos sólidos, de concentraciones de energía que dan forma a los cuerpos.

– Es algo bien raro –le dijo la madre.

– Lo es.

Un mazo grueso de nubes blancas les ocultó el mar, el horizonte.

– Y, ¿también yo soy eso, un vacío? –volvió a cuestionar la madre.

– Es una manera de hablar pero, sí. Ese es tu ser auténtico y eso es lo que continúa después de la muerte. Eso es lo que se le escapa al cuerpo, pero algo que, en realidad, nunca ocupó un lugar en el cuerpo.

– Un vacío… eso que nada puede llenar –balbuceó ella.

– Ja, ja, ja. Es que no hay que llenar nada. Lo que está completo no necesita añadidura.

Cuando las nubes se alejaron, el arcoíris comenzó a desaparecer desde uno de sus extremos. Eduardo, entonces, le preguntó:

– ¿Quieres saber qué hay donde nace el arcoíris?

– Eso lo sabe todo el mundo. Una olla repleta de monedas de oro.

– Ja, ja, ja –rió el niño-. Vamos a confirmarlo.

Volvió a tomarla de la mano y, de un salto, llegaron allá a donde nacía el arcoíris y encontraron una cascada que despedía un vapor confuso de agua. Una cascada pequeña, común.

– ¡Qué decepción! –se lamentó la madre- Ni olla ni duendes.

Entraron al agua y jugaron con unos peces mansos que se dejaban agarrar y hacer cosquillas. Los peces de los sueños no le tenían miedo a la voracidad de los seres humanos, mucho menos a los que estaban allí encontrándole sentido a los asuntos de la vida y de la muerte. La madre, luego de unos momentos de confusión, se sentía plena, feliz. El niño siempre sacaba brillo a la piedra más oscura con que la madre arribaba a sus sueños. Se sentaron en la orilla, cada uno con un pez en la mano, acariciando sus aletas.

– Entiendo que no pueda percibirte porque no tenga los sentidos que me lo permitan pero, ¿por qué a veces siento tu presencia?

Eduardo soltó el pez y sacó dos piedras del agua. Puso una piedra en cada mano y empezó a acercarlas y a alejarlas. Cuando las piedras se acercaban, empezaban a vibrar; cuando se alejaban, volvían a estar quietas.

– Por esto. Cuando nos acercamos, nos sucede lo mismo que a estas piedras.

– Es verdad. Es algo similar a una vibración en mi interior –le dijo ella, al tiempo que devolvía el pez al agua-. Es como una intuición. Es una certeza que, si intentara explicarla, me tildarían de loca.

Comenzaba a amanecer en el mundo de la madre y el sol se interpondría entre ambos.

– El ser humano que no entiende nada de esto tiene las horas contadas –un rayo de luz comenzó a borrar la carita de Eduardo-. Vendrá uno para el cual nada de lo que hemos hablado será una rareza. Uno que podrá mantener el contacto que quiera con sus muertos. Pero eso tú no lo verás, porque falta mucho para que tal cosa suceda.

Amanecía ya. La niña, la hermana mayor de Eduardo, comenzaba a moverse en la cama y colocó sus pies encima de las caderas de la madre, lo que hizo que despertara paulatinamente. Bastó un instante, sin embargo, para que la madre, antes de volver los ojos a su mundo, viera todos esos peces multicolores dando vueltas alrededor de su hijo. De allí, de los ojos de eso peces mansos, no de una olla rebozada de oro, nacían los colores curvos del arcoiris.

Salva un niño hoy

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Esta tarde damos un paso con el que buscamos superar la pérdida de Eduardo. Se trata de la creación de una organización sin fines de lucro con la que pretendemos salvar la mayor cantidad de niños de una muerte a destiempo.

Por favor, accedan a esta página web para que se informen y se nos unan:

eduardovive.org

A través de este proyecto buscamos recopilar la mayor cantidad posible de donantes de sangre que deseen salvar a una pequeña o a un pequeño. También permitir a los familiares afligidos anotar los nombres de sus hijos para orar por ellos.

Será, en definitiva, un recurso de alivio para los padres desesperados; una pequeña ayuda que tomará forma con la colaboración de todos.

¡Unámonos! ¡Salvemos un niño hoy!

El olvido más triste

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Era imposible describir el rojo de la rosa de los sueños. Su color se difuminaba, no se quedaba quieto. A la madre le pareció, por ratos, ver la esencia de la rosa en la mano del hijo.

– Mira, mami -le dijo, Eduardo.

El pequeño tomó  un poco del rojo que colgaba de los pétalos e hizo con él un trazo en el aire que quedó como un brochazo de pintura. La mancha estuvo suspendida, inmóvil, hasta que un pájaro, en un rápido descenso, lo atravesó y lo dejó como un túnel que otros pájaros siguieron atravesando, por juego.

Estaban en un parque costero. Se sentía la humedad salada que levantaba el choque de las olas en los arrecifes. Algunos niños, en la playa, saboreaban helados azules mientras veían dos niñas construir un castillo de arena.

Salieron de la rosaleda y empezaron a caminar por un malecón en donde la gente corría, iba en bicicleta o se sentaba en la hierva de la orilla a conversar. El niño la tomó de la mano y le señaló el vapor del agua que la luz transformaba en una nube ambarina. Avanzaron poco. En los sueños no se vivía de la prisa. Se vivía. Todo encajaba como si se formara parte del engranaje del una máquina armoniosa, perfecta.

– El ser humano del tiempo que nos tocó vivir ha olvidado tanto… -Eduardo suspiró-. Ha olvidado, incluso, lo que es. Sin embargo, ese no es el olvido que causa la mayor tristeza, sino éste.

El niño levantó el brazo como señalando algo. La madre, de todo lo que les rodeaba, no sabía en qué fijar la vista, si en el agua, en el sol o en los niños; si en los ángeles que en ese momento bajaban a llevarse el sol para apagar el cielo. Eduardo no esperó a que ella preguntara y dijo:

– Me refiero a la belleza. Han olvidado contemplar toda la belleza que les regala el mundo.

Otra vez, pensó la madre. Otro sueño del que deseó no despertar. Tocó la cabeza del niño para no perderlo cuando llegara la oscuridad y desapareciera el túnel creado con el rojo de la rosa.

No somos lo que decimos ni lo que creemos ser

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Amelia seguía preguntando por su hermanito. Durante la gravedad del niño -unas dos semanas- sólo supo de él por lo que los demás le contaban. La última vez que lo vio, Eduardo seguía siendo una cascada que producía energía de apariencia inagotable, por lo que le resultaba inexplicable que, al momento de devolverlo, los médicos se lo entregaran en una cajita de madera; pequeño, inmóvil y delgado. Claro, todo el mundo le decía que ese no era él. Pero, había que ser idiotas para no notarlo. ¡Claro que no era él! Eduardo nunca estaba así de tranquilo, ni siquiera durmiendo. Ni tan serio ni tan mudo.

Amelia seguía buscando respuestas y todo, según lo que le decían, señalaba a Dios como responsable y al cielo como lugar de destino. Pero nadie había visto a Dios ni había ido ni vuelto del cielo. Para ella, lo sucedido con Eduardo seguía siendo un misterio al que los demás querían dar luz con respuestas afincadas en la fe, no en la certeza. Y un destello de certeza era poder hablar con él, llamarlo por su nombre y que él volviera la cabeza para calmarla.

Días después del entierro y la novena misa, la niña dejó de preguntar. Volvió a la escuela y allí siguieron hablando de vocales y otros asuntos que a ella le importaban lo más mínimo, porque aunque Amelia no lo expresara, a ella no le interesaba ninguna otra cosa que no fuera volver a estar con su hermano, porque todo el mundo le aseguraba que la muerte no existía y que con Eduardo las cosas no serían diferentes, pues para algo estaba el amor de Dios.

Si Eduardo estaba realmente vivo, como todos afirmaban, solo los separaba la distancia; y la distancia se salvaba con un eficiente medio de comunicación, alguna especie de radar o aparato especial que le permitiera entrar en contacto con él. Ella necesitaba algo así y saldría a buscarlo sin importar lo que costara.

Amelia crecía. Las historias de los libros sagrados no le brindaban consuelo y aún no encontraba la manera de ubicar a Eduardo ni equipo, por más sofisticado que fuera, que la acercara a él. Parecía infranqueable el espacio que los separaba. Al llegar a la adolescencia, Amelia no se veía feliz y en cuanto tuvo la mayoría de edad, partió de la casa a recorrer el mundo, a la caza de su hermano.

Anduvo por muchos lugares y consultó a muchos sabios sin que nada la satisfaciera. Tuvo Amelia que llegar a la vejez y morir de pena para volver a abrazar a su hermano y, así, envuelta entre sus bracitos, caer en la cuenta de que nunca intentó de veras comunicarse con él sino huir, durante toda la vida, del dolor que le produjo haberlo perdido.

Algo falla en el universo

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Esta vez fue Dios quien buscó a Eduardo. Lo encontró conversando animadamente con uno que acababa de llegar al cielo. Al verlo, el pequeño corrió y se le tiró encima. Dios lo recibió con un cálido abrazo.

– ¡Papá! -lo saludó Eduardo.

– ¿Dónde has estado? -le preguntó Dios.

– Hablando con todos. Por aquí, por allá.

Al hablar, Eduardo hizo unas señas con las manos que hicieron que Dios se riera a carcajadas. El niño lo acompañó con la suya y, luego, salieron a recorrer la creación.

Bajaron a la tierra y se acercaron al mar, cerca de donde Eduardo había pasado todos los años de su vida, unos seis. Como dos pájaros sobre una cuerda, se acomodaron en un rayo de sol.

– Cuando me encontraste, hablaba con Elías, un hombre que murió a los veinticuatro años en un accidente laboral. Dejó desamparadas a su esposa y sus dos niñas. Sigue destrozado -le dijo Eduardo.

– Lo sé. Elías es un buen hombre -. Dios comenzó a jugar con la luz, haciéndola cambiar de colores, poniéndola a bailar en ondas.

– Algo falla en el universo, Papá -continuó, Eduardo-. Creas el bien que nos rodea, pero hay tanto mal, tanto dolor, tantas historias como las de Elías que cualquiera queda desconcertado.

Dios recogió un poco de luz que, en sus manos, parecía una tasita de agua. Con ella formó un pequeño cuenco que colocó en un oído de Eduardo. A su través comenzó a decirle al niño algo que sólo él pudo escuchar. Un instante le bastó a Dios para revelarle a Eduardo la solución al problema más complejo de la creación. Nada se supo de aquello, pero algo bueno debió ser porque, el pequeño volvió a sonreír y, de esa curva con que la felicidad torció sus labios, brotaron siete días de lluvia que cayeron sobre su pueblo. Una lluvia sin pausa; una que apenas tocó la tierra.

Palabras de mamá

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(El presente es un extracto de las palabras que compartió la madre de Eduardo con todos los presentes en la Parroquia Santa Rosa de Lima el día 27 de marzo del 2016)

Eduardo:

En este momento ya debes saber que no voy a llorar más por ti; que siento en mi corazón una paz que sólo Dios y tú me han podido dar.

Ahora sé que Dios tiene un lugar especial para las almas nobles como la tuya, porque puedo verte feliz y, de alguna manera, puedo escucharte pidiéndome que no esté triste.

No sé mucho, pero puedo asegurar con toda la certeza posible, que la vida no termina nunca, que tan solo nuestro cuerpo muere. Por eso, cuando también mi devenir en la tierra llegue a su punto final, continuaré caminando hasta ti, hasta dar contigo. Recorreré cada rincón de la eternidad hasta volver a encontrarte, mi Chiqui. No estás perdido porque mi corazón, como una brújula, me orientará hasta tu norte. Y no importa que la eternidad sea oscura como el espacio abierto porque la luz de tu sonrisa me mostrará el camino.

Te amo con todo mi ser, Eduardo. Te amo con tal profundidad que no me conozco. No habrá un día en esta vida en el que no te recuerde, porque es imposible arrancar de mí tu dulzura, tu mano cálida acariciándome la barriga, esa en la que tu hermana más pequeña se formaba. Me resulta imposible olvidar el color de tus ojos, las modulaciones de tu voz, tus dedos sosteniendo un lápiz, la inclinación de tu cuerpo sobre el lomo de tu caballo, tu llanto nocturno, tus primeros pasos por el mundo, tus risas, tus quejas, tus preguntas, tus sueños. Todo.

Chiqui, cuida de nosotros, de tus abuelos, de tus hermanitas, de tu papi, de tus primitos, de tus tíos y tías, de tus amiguitos y maestras porque ninguno es tan fuerte como tú ni está tan cerca de Dios.

Te amo mi chiqui. Te amo, te amo, te amo.

Hasta pronto, mi Eduardito.

Tu mami.

Melodías

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La melodía más triste no es el réquiem de Mozart.

Una guitarra se une a un piano; un trombón a una batería; un violín a un violonchelo. Ninguno sirve para orquestar la verdadera voz de la tristeza.

Ningún pájaro, ningún roedor, ninguna especie podrá, en definitiva, dar forma auditiva a la tristeza, porque ningún sonido será jamás tan triste como el llanto arrítmico de un padre y de una madre desplomados a los pies de un hijo muerto.