Todavía son nueve

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Nos topamos con él por todos lados, porque todo lo anduvo. En seis años recorrió cada cuarto, cada esquina. Nada ha impedido que lo veamos en la mesa del comedor, en los platos, en el jardín, en la casa de la vecina, en el camino que nos lleva a los panales de abejas. Está en el baño, en el cepillo que limpió sus dientes por última vez, en un zapato al que no se le encuentra su par. Si nos preguntan cuántos nietos hay en la familia, decimos que son nueve. Porque Eduardo está vivo, demasiado. Montado en su caballo grita “Diamante” y sale cabalgando como un rayo.

Canallas

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Tanto hijo de puta que se codea con otro hijo de puta. Tanto canalla. Tanta gente que sale a la calle con el expreso propósito de salar la vida de los demás. Tanta mierda con saco y corbata, perfumada hasta el colmo para ocultar su podredumbre. Tanto gusano que habla bonito de sí mismo y se toma fotos con niños harapientos para subirlas a sus redes sociales. Tanta crápula que, para colmo de males, posee genes de inmortalidad y a los setenta u ochenta todavía anda jodiendo por joder. Ese parásito no se muere tan fácil. El que se muere es un niño de seis años que ni siquiera los gritos de su madre pueden despertar.

La última canción de Eduardo

Un día antes, mi hermana llamó. Me dijo que la doctora le había recomendado colocarle música a Eduardo con un audífono. Dijo que eso serviría para estimularlo positivamente y accedí a llevarle un pequeño reproductor de música que estaba cargado con todos géneros musicales existentes. Ya en la clínica, con la enfermera esperando, no sabíamos que melodía colocar en sus oídos, así que seleccionamos casi por impulso el último ritmo terrenal que escucharon sus oídos. Fue la guitarra de Ottmar Liebert.