Hice, pero debí hacer

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Los primeros indicios del amanecer coincidieron con la llegada a una explanada verde en la que, gente de distintas culturas, empezaban a subirse a unos globos aerostáticos multicolores. La madre estaba confundida. Otra vez, pensó. No entendía cómo un solo sueño pudiera extenderse de tal modo que rindiera para tanto. De vez en cuando lo veía, callado, tranquilo; siempre feliz y, a la vez, con el sosiego que irradian tanto la sabiduría como la santidad. ¿A dónde se había ido el niño de seis años al que le gustaban los animales y el fútbol? A veces lo encontraba mirándola fijamente y se sentía intimidada. Era como si su bebé pudiera verla por dentro y escuchar lo que pensaba. Eso la hacía sentir desorientada porque, aunque no le importara que su hijo supiera lo que había en su interior, sí le extrañaba la situación en la que ahora se encontraban, una en la que ya no era ella la que educaba a su niño para convertirlo en un hombre de bien. Ahora su hijo era su maestro.

La iguana, incapaz de abandonar el medio en el que la naturaleza le asignó adaptarse, se quedó en el desierto. Como una piedra más, inmóvil, los vio alejarse. Ahora estaban otra vez solos. Mal acompañados por un grupo de extraños que ya iban elevándose en sus globos. En verdad era un espectáculo impresionante aquel en el que todas esas burbujas apuntaban al sol cargando gente en sus enormes canastas. Nunca había visto nada similar pero, distraída como estaba, apenas dejaba espacio en su capacidad de atención para dejar que aquella belleza se asomara a su interior. La madre estaba anegada por una neblina gris y espesa que, durante el último trayecto, fue apoderándose de su ser y que nació a raíz de un pensamiento: de haber actuado de otra manera, Eduardo aún estuviera durmiendo con ella, riendo con ella, cantando con ella. No así, como en sueños. La madre quería tener otra vez aquel cuerpo latiendo en sus manos. Era una idea que, como una marea insistente, volvía una y otra vez a su playa queriendo inundarla. Es verdad que el niño estaba mucho mejor allí, más feliz y completo, pero la culpa nos deja ciegos y, en aquel momento, la incapacitaba para ver la realidad.

Todos los globos despegaron y se volvieron puntitos de rocío que la brisa se llevó. Pero ellos seguían allí, en el mismo lugar. La mamá pensando, el hijo aguardando, el mundo de una mañana luminosa a la espera de alguien que lo viviera. El ladrido de un perro devolvió a la madre al globo en el que estaba con Eduardo.

– ¿Qué pasa? ¿Por qué no despegamos? –le preguntó al niño.

– Este no es un globo normal –le respondió él-. Mira. No tiene sistema de combustión para aligerar el aire que está en su interior. Para que este globo se eleve –continuó diciendo Eduardo-, el alma de los que lo abordan deben pesar muchísimo menos que la gravedad que lo atrae. Estamos, de algún modo, pisados, apretados entre el suelo y una fuerza que no puedo controlar.

– ¿Ni siquiera porque es un sueño? –ella se agarró a los bordes y se fijó, por primera vez en el paisaje, en los árboles gordos y en las nubes delgadas. Pensó en cómo habrían de verse desde arriba, en cómo un cambio de perspectiva modifica lo que pensamos de cualquier situación o realidad.

– Ni siquiera en sueños –Eduardo volvió a poner esa carita de sol, luminosa-. Pero tú puedes hacerlo.

– ¿Yo? –preguntó incrédula.

– Sí. Agáchate y observa.

Cuando la madre se abajó hasta colocarse a la altura del niño, sintió su mano en la frente. Más que mano, un calor peculiar, narcótico. Eduardo abrió algo, una rendija, en su mente y, curioso, ambos pudieron ver una masa pesadísima de fango oscuro en vilo, una figura irregular de plomo, algo espantoso, vivo, que se movía allá dentro.

– Chiqui, pero ¿qué es eso que tengo adentro? –le preguntó asustada al niño.

– Eso se llama “hice, pero debí hacer” –le respondió él y notó, al momento, cómo a la madre se le llenaban los ojos de lágrimas-. Es algo raro lo que hacemos. No sólo tú. Todos. Es verdad que, de haber hecho otra cosa las consecuencias hubieran sido otras…

– ¿Verdad que pudo suceder otra cosa? –le interrumpió la madre, sin dejar de pensar que pudo conservar por más tiempo a su hijo; buscar otros médicos, otros centros de salud, otros países, otros tratamientos.

– Claro. Por eso es una idea tan poderosa –el niño se sentó en esa canasta cuadrada que era la base del globo-. Por eso, por poderosa y pesada es que no nos separamos del suelo. Porque es verdad que cada paso que no dimos pudo conducirnos a un lugar completamente distinto al que llegamos. Sin embargo,…

– ¿Qué?

– Sin embargo, aquí estamos –el niño hizo un círculo con las manos.

Y eso también era cierto. El pasado pudo ser diferente y el presente también pero, ¿acaso importaba? Todos se habían marchado y ellos quedaban allí, varados, como alas caídas, echadas a perder, desperdiciadas. La madre sacó la cabeza por la borda y empezó a derramar unas lágrimas oscuras, de plomo espeso. Ya antes de quedar vacía de tanto mal, estaban volando. A la altura de las nubes, se giró hacia adentro y encontró a Eduardo sonriendo. El chico era una llave y había abierto otra puerta, la del corazón de la madre.

Se rieron. Se rieron tanto que las carcajadas la despertaron, transportándola de un globo a una cama, de un momento irrepetible de liberación espiritual a ese tipo de consciencia angosta y borrosa con la que nos pasamos los días.

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